Borja y Mercurio

 

              Cuando este día aborregado de humedad, sorprendido y lleno de misterios, repleto de melancólicos recuerdos, pero todos y cada uno de ellos saciados de una alegría infinita, debe dar paso sin estar convencido de querer irse a una noche interminable, intento  acomodarme al lado de mi siempre grata compañía; Willy.

Para nosotros la noche es un tiempo mágico; quietud, hechizo, melancolía incomprendida, algo simple, todo, paz, calma, silencio y sosiego a nuestro alrededor.

Willy; me vas a escuchar?.......Te voy a contar:

LA HISTORIA DE MERCURIO

 

 Hace ya varios años visite unas minas que hoy en día ya están clausuradas entre otras causas por las enfermedades que les producía a los hombres la extracción del material de su subsuelo a veces a varios cientos de metros de profundidad.

Cuando nos  explicaron la labor que se desarrolló en aquellas minas desde tiempo de los romanos, nunca nos dijeron que a esos hombres les ayudaban unos "animales", pequeños y robustos y que sin la ayuda de estos nunca hubiera sido posible dicha extracción. Las enfermedades también les producían los mismos efectos que a los hombres, pues respiraban el mismo aire contaminado; hoy en día a la entrada de la mina hay un monumento al minero, pero ninguno dedicado a su “inseparable" y forzado amigo; el poni el  cual  trabajó, y sufrió  las mismas consecuencias y  enfermedades, que sus “amigos” los hombres – mineros.

Con el transcurso del paso de los años, una cantidad innumerable de ponis, murieron dentro de la mina sin haber visto jamás la luz del sol.

-El Domingo vamos al campo, ¿dónde deseáis ir?

Mi trabajo es el más maravilloso del mundo, estoy aprendiendo constantemente de el, de ellos: estoy rodeado continuamente de personas de mirada tierna, sincera, serena, dulce con ojos constantemente llenos de amor, no conocen el odio, ni la malicia, la maldad, son corazones blancos; trabajo  con personas  con discapacidad psíquica.

-¡A ver animalitos¡ respondieron, casi al unísono; parecía que se hubieran puestos todos de acuerdo.

-Y pensé al instante en alguien con un gran corazón.

-Bien, iremos a ver la granja con más "animales" que conozco; respondí y le diré al granjero que os cuente historias de los todos ellos, los que le hacen la vida más bonita, fácil y alegre, los "animales" son su gran compañia, su vida, él los recoge cuando nadie los quiere, así somos los humanos  utilizamos todo y a todos; y cuando no nos sirve algo lo arrinconamos. Somos egoístas y usureros.

Todos los chavales tenian cara de no entender nada, ellos solo saben de nobleza.

-Lo hacemos, proseguí, también con ellos; los “animalitos” esos que nos dan todo y nos acompañan en los momentos más difíciles de nuestra vida, lloran y sufren con nosotros; bueno ya os lo explicare mejor algún día, sabéis que cuando los demás te abandonan ellos siguen siempre a nuestro lado.

- Mis “alumnos” como me gusta llamarles, me escuchaban con esa mirada dulce y entrañable que constantemente tienen, esa mirada que me cautivó desde el primer día que tuve la gran suerte de conocerles, de que me dejaran compartir con ellos la noche más feliz de mi vida; allá por septiembre de hace cuatro años en una noche torrencial, lluviosa, atosigada de relámpagos y llena de “milagros”; mi primera noche de Monitor de Ocio de personas con discapacidad.

- Que oscuridad; me saturé de felicidad.

 Los "animales" campaban por la granja libremente, eran felices, no había jaulas, el campo era su hogar y el cielo y las estrellas eran su techo.

Y ellos los de mirada tierna, sincera y serena, jugaban y reian les tocaban, y se asustaban, preguntaban y repetían la pregunta, todo era nuevo para todos y el granjero y yo les acompañábamos y les intentabamos resolver sus dudas en sus miles de preguntas con respecto a los diferentes "animalitos" que por la granja pululaban “embotados”, “desbocados” de felicidad.

 Atardecía cuando llegamos a un gran establo, en la puerta estaba el más puro y bello caballo que jamás habíamos visto; Era blanco como la nieve recién atraída por la gravedad y estrenada por mis alumnos, de ojos constantemente llenos de amor. Pero el caballo “poseía” una mirada triste y ausente, todo su cuerpo estaba manchado de grandes cicatrices; eran las huellas que el destino; su fatal destino había marcado en él…….trabajó, día y noche, sin salir jamás a la superficie, él estuvo encerrado a cientos de metros, en compañía de “hombres”; en la mina; extrayendo mercurio. 

-Ira Alolo,  me señalo  Borja; un aballo, (caballo) ñeño (pequeño).

-Yo le expliqué que  esos caballos se llamaban  ponis y son así de “ñeños” (pequeños).

 Ojos de “besugo” pusieron todos los que me escuchaban y naturalmente miles de preguntas se agolparon todas al unísono en mi ya atronado oido.

- Una a una, jorobáles.

-Y comencé

-Su carácter es dócil y su constitución fuerte, solo llega a medir como máximo 1.50 cm de altura, suele vivir entre veinte y treinta años. Este tipo de "animales" necesita de un lugar amplio para vivir, tiene un carácter muy dócil y bla bla bla………………..

-¡No aburras a los chiquillos¡ me espetó el granjero, antiguo trabajador de la mina de mercurio; Vamos a ver, y a escuchar todos; os voy a contar la historia de Mercurio, pero no os acerquéis mucho a él, no le gustan las personas, le han hecho mucho sufrir; se asusta, relincha y da coces.

-¿Que son oses, (coces), Alolo, (manolo),?  me pregunto Borja.

-A callar y a escuchar; Borja.

Lae, Alolo, (vale, Manolo), me contesto Borja con ojos de asombro.

-Con su voz caracteristica y carraspeante el granjero comenzó:

-La primera vez que vi a Mercurio lo trasladé rápidamente a la granja para curarlo, iban a llevarlo a un matadero, ya era viejo, tenía siete años, ya no servía para tirar de la vagoneta.

-Alolo, ye ara azi? (manolo, porqué habla así?

-Borja, jolin cállate y escucha, luego te lo digo.

-Lae, Alolo (vale Manolo)

-Rostros tristes y llorosos empecé a observar y una atención desigual hacia la cara del granjero, por parte de la mayoría de “los  chavales”.

-Su cuerpo estaba completamente  lleno de heridas, algunas de ellas supuraban, y su cara era, si lo entendéis de resignación, era el final de una vida que para él no había sido nada feliz, todavía lleva la tristeza en sus ojos y creo que morirá con ella, las marcas hirientes de su fatal destino llenan todo el espacio de su piel; luego mirar también su pata.

- No pude salvar a todos, prosiguió el granjero, me vendieron este y lleva ya conmigo tres años, cojeaba y sigue haciéndolo, cuando llego a la granja no dejaba que se acercase nadie, era huraño, pegaba coces y sigue haciéndolo, relinchaba; cuando el día se acercaba a su fin y la noche le robaba todo su protagonismo a este; pude comprobar que no podía dormir con la luz apagada, ni deseaba nunca meterse en su establo, de hecho nunca lo ha hecho todavía, le aterroriza la oscuridad, deduje por fin.

-Muchísima paciencia y cariño, me costó casi un año ganarme su confianza, no deja que nadie más se acerque a él, parece que odia a las personas, le fui curando sus heridas aunque todavía como veis le quedan marcas; estas serán eternas. Su pata la tenía destrozada, se morirá también cojo. Lo que no he conseguido nunca es poder apagarle la luz por la noche, emite un sonido horrible, aberrante; nunca se mete en el establo, busca constantemente el brillo del cielo, la luz de las estrellas, de la luna. Siempre come fuera, cerca de otros “animales”, eso sí; hasta que no me retiro no empieza a comer.

-Me preocupé por conocer la historia de Mercurio, siguió el granjero y está me llevo a una mina que ya está cerrada. A Mercurio lo separaron de su madre al poco tiempo de nacer y lo empezaron a usar para tirar de las vagonetas que trasladaba este material a la calle, desde un malacate de caballerizas donde ocho o diez mulas más atadas a este y dando continuamente vueltas lo extraían de las plantas inferiores.

  Mercurio empezaba a tirar de las vagonetas llenas de material desde el malacate hasta la entrada de la mina, a las seis de la mañana. 

 Mercurio nunca, nunca vio la luz del día.

-Al poni le pusieron el nombre del material que sacaba a la superficie; Mercurio. Así estuvo siete años, amarrado al castigo que los hombre le habían impuesto únicamente por ser un “ser inferior” les debería servir para saciar la vanidad y la lujuria  de los mismos, cuando estos creyesen que no les era útil ya para sus intereses lo abandonarían, como hacían generalmente  con cualquier otro “animal” que no les servía para sus fines, si antes  no moría de silicosis o extenuado, o lo llevarían al matadero, donde lo encontré; “allí serás feliz los años que te queden de vida, pensé”.

-Mercurio, me fije tenía los ojos completamente rojos, un rojo color sangre, nunca había visto la luz, nació y creció en las entrañas de la mina, el solo acarreaba vagonetas y antes de llegar a que le diera un mínimo rayo de sol, al final del túnel estas las  descargaban; y de nuevo hacia dentro, a las entrañas; a la oscuridad y así día tras día, año tras año: Mercurio lleva esas orejeras, para protegerse los ojos de la luz, está casi ciego, tiene un enfermedad en los mismos para siempre, por eso se asusta con la luz apagada y como os he dicho, no deja que se acerquen “personas” a su lado.

-Generalmente tengo mil ojos para todos los chicos que van conmigo, pero Borja es “especial.”       

_ Borja no, machote, ¡ven conmigo¡ le dije.

- No déjelo, es la primera vez que veo esto me dijo el granjero.

-    

 

 

            -Borja estaba acariciando a Mercurio.

-      -Todos quisieron acariciarlo y lo hicieron, Mercurio se dejaba y parecía que estaba encantado, sus ojos ya no “rebosaban” tristeza, estas eran personas buenas que nunca le harían daño, creí leer en los mismos.

-     

    -La tarde transcurrió  entre “animales”, risas, chocolate y lágrimas del granjero al ver a Mercurio por primera vez desde que llegó a la granja feliz.

-      -

          -El Domingo tocaba a su fin y la luna le iba ganando la batalla al sol, Borja llevó a Mercurio y este, ¡increíble¡ se metió por primera vez en el establo de su mano; el granjero seguía incrédulo de todo lo que esa tarde de Domingo le había deparado.

-      ¿Volveréis?, nos preguntó el granjero.

-      -Volveremos, ni lo dude, le contesté.

La primera visita a la granja éramos ocho chavales y un monitor, ahora somos treinta y dos chavales y cuatro monitores; todos  quieren ir a ver a Mercurio, al poni feliz como lo ha rebautizado el granjero.

-       Nada más llegar a la granja, ahora vamos una vez todos los meses, Borja lo primero que hace es ir a pasear con Mercurio,  parece que este lo está esperando, se deja tocar, montar, come de su mano, camina a su lado y duerme en su establo, cuando el día llega a su fin y Borja lo lleva a descansar, después de una jornada agotadora con los chiquillos, Mercurio se deja “ sobar” plácidamente y hacer  “barbaridades” por todos; él parece que está encantado y el granjero sigue sin creer, como lo que él no había conseguido en años, los chiquillos lo han conseguido en menos de tres visitas a la granja; Mercurio por primera vez era feliz, y en sus ojos ya  se entreveia que estos  habían dejado de “rebosar” tristeza; ya no poseían ese color ocre-gris que le caracterizaba desde su llegada a la granja; ahora parecían de un color verde estrella.

-     

          -Cuando la tristeza nos embargaba porque debíamos dejar solo al granjero con la mejor compañía; sus animales, siempre repetía.

-     

 ¿  -Volveréis?,

-     

 Y  Nosotros contestamos todos al unísono; Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

-      Así estuvimos casi tres años, ya era obligatoria realizar una excursión a la granja de Mercurio; íbamos todos los meses a verlo.

-      Un domingo al llegar a la granja llamamos al granjero y este no nos contestó, siempre rodeado de sus “animalitos” nos salía a recibir y detrás con su trote característico, cojeando, iba Mercurio, parece que nos “olía”.

-      Todos los chavales saltaban precipitada y aturrullada mente  del autobús para ver quién era el primero en acariciar al; aballo ñeño, (caballo pequeño).

-     

          -Esta vez nadie nos recibió; recorrimos lo más apresuradamente posible los metros que nos separaban desde la entrada de la granja a los diferentes establos de los animales y se nos hizo al momento un nudo en la garganta; observamos a Juan, así se llamaba el granjero acariciando a Mercurio, que estaba tumbado en la paja recién limpia, pues cada vez que la visitábamos los chavales “reñían” por ver quién era el que le cambiaba la misma y le daba de comer en la mano.

-     

          Difícil poner orden, en tan “ardua tarea”, los intentaba dividir en grupos para que diesen de comer cada uno a un “animal”, pero nada, todos querían dar de comer el primero a Mercurio,   el aballo ñeño (caballo pequeño) como repetia constantemente, Borja.

-      

           Lleva así ya tres días, no quiere comer, no se levanta, parece que ha llegado su momento, me miro de refilón y con ojos tristes Juan, pues no deseaba mirar a ninguno de los chavales, a los cuales se le empezaban a llenar los ojos de lágrimas, pues nunca habían visto así a Mercurio tan triste y sin ganas de correr cojeando y jugar.

-      

          Y como era natural en el Borja se adelantó, y con sus inocentes manos agarró la cabeza de Mercurio y lo beso; un beso, de adiós de despedida parecía decir, una caricia, un beso de agradecimiento por todos los momentos en que había sido feliz a su lado.

-     

        Al instante Mercurio cerró los ojos y se “marchó”, parecía que había estado esperándonos para despedirse.

-     

         Mire hacia atrás y fue conmovedor, se me “helo” la sangre, al  ver a todos los chavales junto con los monitores  llorando y despidiendo a Mercurio con la mano.

-     

         “Do ….urio”; (adiós Mercurio) dijo Borja.

-       Dooooooooo……..curio, susurraban los chavales entre sollozos.

-     

        Ahora Borja pasa muchas horas con un poni completamente blanco pero sin heridas en su piel, Juan se lo ha regalado, nos lo ha regalado a todos. Borja se ha negado a ponerle otro nombre, le ha llamado…………..¿averiguar cómo?; 

 

     Lo ha llamado; Mercurio; su aballo, ñeño.

-

         En la granja de mi amigo Juan al que vamos a visitar y a disfrutar de todos sus “animales”, de vez en cuando; existe una tumba en la que Borja un día tiró unas simientes; creo, nadie supimos jamás de donde las sacó, ahora es un gran vergel en la que crecen unas flores  preciosas, originarias de donde eran los antepasados de Mercurio; Escocia.

-     

           MI amigo Borja ni una sola vez cuando volvemos a la granja se olvida de visitar su jardín favorito y mirándo la tumba y luego a Mercurio, el regalo de Juan; se acerca a su oído y le susurra.

         “Ira urio, aballo ñeño ta ielo, lli no ha hbre qe le eguen, olo nimles gnos (mira Mercurio, caballo pequeño está en el cielo, allí no hay hombres que le peguen, solo “animales” buenos).

-      Borja y su amigo Mercurio, todos los Domingos,  

     llueva, nieve ventee, o relampaguee, cuando la tarde va a llegar a su fin, parece una rutina exquisita,  visitan “el jardín de escocia”,  a veces se pasan horas delante de él, “hablando “un lenguaje que me magino solo ellos tres entienden.

-      - Un día le pregunte.

-      -¿Borja que hacéis allí tantas horas Mercurio y tú, delante de las flores?

-      Amos blndo urio yo on aballo ñeño celo (estamos hablando Mercurio y yo con caballo pequeño en el cielo)

-     

-         A mi amigo Borja, con síndrome de Down y a su inseparable Poni Mercurio.

Un día leí:

Si creyera en la inmortalidad, creería que ciertos animales que conozco irán al cielo, y  muy, muy pocas personas.

James Thurber

 Willy