Camino Griñon

 

 

CAMINO GRIÑON

En el momento de empezar a recorrer el camino, que en mas de tres décadas no ha vuelto a transitar, los recuerdos comienzan en su mente a apretujarse por querer salir. Esta vez no pedaleaba, era diferente, lo hacía a pie, despacio,  pensativo, recordando aquella juventud ya alejada de su memoria. Un triste y no muy lejano recuerdo para su padre fallecido. ¿Cuántos Domingos recorrieron juntos en bicicleta por  este camino? Ya ni lo recuerda, la memoria flaquea, pero fueron tantos...

Añoraba también aquella primera bici verde que le regalaron, y que  adornó con cintas que colgaban de los puños, era la moda, las cintas, el viento mecía repartiendo los colores de las mismas a su antojo, le llamaban la atención.

Un camino de pocos kilómetros que separaba el pueblo de la ribera del rio donde cultivaban un extenso huerto, árboles frutales, y hortalizas de las más  exquisitas variedades.

Este surtía a toda la familia.

Cada fin de semana que trascurría se le hacía mas perezoso levantarse a esas intempestivas horas de la madrugada.

Seis de la mañana de un Domingo cualquiera. Con la luna atenta para saludar a quien se atreviese a romper la calma de la noche de la que ella era su guardiana. En su bicicleta, un camino interminable por delante. Se le hacía más ameno, pensando  que después del primer repaso a los garbanzos y a las patatas, compartiría con su progenitor, pisto y un buen chorizo rebozado al vino, que su madre les había preparado la noche anterior. Eso le hacía pedalear con más brío, eso si, nunca lograba alcanzar a su padre, por mucho empeño y esfuerzo que pusiese en tal hazaña. Seguía con atención la luz del faro de la bici, cuando la luna dejaba de regalarle sus esplendidos haces de luz, por esconderse entre las nubes parpadeantes de algún día lluvioso. Entonces el camino se hacía más dificultoso, los baches, arreciaban.

Caminaba reflexivo, una mirada a ese cielo, desde donde su padre estaba seguro lo observaba, y con el que de vez en cuando compartía amenas charlas, sobre como lo pasaban en la cañá.

¿”Cuántos años hace ya, mereció la pena trabajar y sufrir como lo hicimos”?

Manos de chiquillo  encallecidas. Esfuerzo de niñez.

La recompensa; todos los Domingos, al final de la jornada, las alforjas de las bicis recorrían el camino de vuelta atestas de las más exquisitas hortalizas y al llegar a casa, la sonrisa agradecida de mi madre.

Y los ojos de él se dirigen de nuevo hacia ese cielo deslumbrante. “Descansa papa. Voy a ver la huerta. Cuanto queda de ella, si sigue siendo un vergel.

Y siguió recorriendo el camino que tantos recuerdos le traía. E  inmortalizando a su eterna compañera de noches cálidas, de verano y algunas también de  invierno. Esa sublime luna

 Y al final, diviso la huerta. Allí, carcomida por el tiempo, olvidada de los años que recibió mimos y sudor reverberante.

Eran años, de juventud, esfuerzo y porque no, alguna que otra  fantasía extemporánea.

Y el recuerdo vuelve, así, como las lágrimas eternas que de vez en cuando se le derraman por esas mejillas, ya ajadas de años y alejadas de juventud.

Y él, ya de vuelta al pueblo, mirando al cielo saluda. Un beso papa.

Años de niñez. Años para no olvidar.

Y saluda a su madre con ojos de nostalgia.

Mama. Vengo de  la caña. Ya no crían hortalizas.

 

Manu & Willy